Recientemente me encontré con un libro de título muy interesante, «Colaborando con el enemigo» de Adam Kahane. Por alguna razón, a pesar de tener un buen número de libros en mi mesilla escogidos para comenzar a leer, lo abrí y no leí nada más hasta completar su lectura. Según avanzaba, me di cuenta de que era exactamente la reflexión que necesitaba en este momento en el que los distintos roles que ocupo me llevan a darle vueltas al significado de colaborar, cuándo funciona y cuándo no lo hace tanto.

Algunos dicen que mucho de lo que acontece en nuestras comunidades o pequeños grupos de convivencia no es sino un reflejo de lo que ocurre a mayor escala. En mi experiencia creo que es posible que así sea. Del mismo modo que yo me encuentro buscando formas alternativas a o variaciones de colaboración para avanzar, nuestras comunidades se enfrentan a un reto similar para salir de situaciones completamente polarizadas, algunas de ellas con consecuencias potenciales nada deseables (como por ejemplo, el hecho de que determinados comentarios en Estados Unidos hayan tenido como respuesta la realización de pruebas nucleares en Irán. Como verán, lo del principio de proporcionalidad brilla por su ausencia y es que en general los ánimos están bastante exaltados).

Me costó entender el mensaje central del libro, «colaborar no es la única opción, en ocasiones, ni siquiera la más útil«. Al leerlo casi desfallezco. ¿Qué quiere decir este hombre con esto? ¿Sugiere que no hemos de intentar conseguir colaborar? ¿Cómo vamos entonces a resolver los grandes retos a los que nos enfrentamos como especie?

En mi reacción se reflejaba también mi propia “necesidad». Con este mensaje podría desaparecer la oportunidad de la mitad de las intervenciones que realizamos en organizaciones. Aún así, gustándome o no su afirmación, y potencialmente yendo en contra de mis propios intereses, lo cierto es que bien sé yo por experiencia que colaborar no es la única opción. Colaborar es uno de los elementos y de las intenciones que pueden estar presentes y es necesario que también haya muchos otros. Nos recuerda además, con acierto y relevancia para ésta época en la que la “colaboración” se ha puesto de moda, que colaborar es una decisión personal, algo a tener en cuenta cuando pretendemos que nuestros hijos, la gente de nuestro equipo o nuestros colegas, colaboren (soy consciente de los métodos coercitivos que aplicamos día a día, más o menos sutiles y también de la estupenda resistencia pasiva que dichos métodos suelen encontrar).

«Colaborar es una decisión personal»

A este gran mensaje, que a mí me ha aclarado bastante las ideas, le seguían los tres elementos sobre los que de algún modo se sustenta el tipo de «colaboración avanzada» que propone el autor del libro. Cada uno de ellos construye sobre el anterior y todos requieren que hagamos algo distinto de lo que hasta ahora hayamos venido haciendo.

Todos los elementos son claros, sencillos y no tan fáciles de poner en práctica aunque sean bien necesarios. Me complace compartirlos aquí, pues me parecen apropiados para los momentos que vivimos, la mayor parte de ellos “situaciones complejas e incontrolables”.

  • En situaciones complejas e incontrolables, donde nuestras perspectivas e intereses están en desacuerdo, hemos de trabajar sobre nuestros conflictos y nuestros desacuerdos. Es necesario que hablemos y también que “luchemos” (que yo equiparo a expresar y defender nuestra posición, hacerla visible y explícita). De algún modo hemos de estar preparados (y saber hacerlo) para emplear el «poder y el amor» según requiera la situación, porque “el diálogo, con todo lo que permite, es necesario pero no suficiente”.
  • En situaciones complejas e incontrolables, hemos de experimentar con diferentes posibilidades y acciones, hemos de dar un paso, observar qué ocurre, sentirlo, entender qué parece posible y después dar el siguiente paso, o lo que es lo mismo, ser plenamente conscientes de que “no pudiendo controlar el futuro sí podemos influir sobre él”.
  • En situaciones complejas e incontrolables (y aquí viene lo verdaderamente difícil), hemos de poner el foco en observar lo que nosotros estamos haciendo, en cómo estamos contribuyendo a que las cosas sean como son y qué necesitaríamos hacer de forma diferente (nosotros, no los demás) para cambiar la situación. Es aquí donde hemos de dejar de ser “observadores” y decidir conscientemente que entramos a jugar.

Reflexionando sobre el tema recordé un momento complicado en mi carrera profesional. Nuestro equipo estaba formado por personal de nuestra compañía y un grupo de consultores que nos ayudaban en el proyecto. Hacía muy poquito que yo me había incorporado a mi nuevo puesto. Según transcurrían los días aumentaba mi sensación de que todo se movía según los designios de los consultores y lo cierto es que no tenía la capacidad de llegar a todo. Exploté por teléfono con un amigo y colega en el aeropuerto de Bruselas, recogiendo mi equipaje. Menos mal que alguien podía escucharme sin que hubiera consecuencias. De forma bastante torpe, medio conseguí reconducir la situación durante los días siguientes. De ese evento recuerdo un buen rapapolvo por parte de mi jefe diciéndome que no era necesario “destruir” (bien sabía él que en mi imaginación sólo estaba el Ave Fénix, destruir para construir de nuevo, como yo quería, claro), una sensación de que aquello no estaba bien resuelto (que los relatos que le habían llegado no representaban el conjunto en su totalidad) y que mi voz no se estaba ni siquiera solicitando.

Ojalá hubiera tenido entonces la capacidad de ver “cómo estaba actuando yo dentro de la situación”, así como de expresar el conflicto. Posiblemente todo hubiera progresado de forma distinta, más útil y, sin lugar a dudas, con mejor ambiente.

Me gustaría cerrar con una bonita frase de Albert Einstein, una que, a pesar de lo incómodo que resulta, requiere girar la cámara hacia uno mismo y desde ahí, comenzar a comprender qué es necesario que hagamos de manera diferente, para que exista un cambio.